• 2003 - Chris Chymon

    La alta llanura de la meseta castellana ha fascinado a Oscar Bento.

    En sus frecuentes recorridos, ha ejercido sobre él una atracción mágica. La ha observado con sus ojos de pintor fijando en su memoria la luz de cada una de las horas del día. Ahora nos seduce de nuevo con pinturas que irradian la armonía y la estética de la Naturaleza.

    La sensación de la inmensidad del espacio, la tierra preparada para el cultivo, las carrascas, olivos o encinas siempre verdes... Las líneas del paisaje en tranquila armonía le inspiran y transmiten un hondo sentimiento sobre la belleza de la naturaleza. Cada escena se convierte en pintura ante sus ojos, aunque Oscar reconoce que suprime muchas cosas y mantiene su propia visión a la hora de plasmar un paisaje en el lienzo.

    La luz procede de la esencia de los colores y cada color comunica una emoción distinta. A través de los años, Oscar ha evolucionado en el empleo del color como sensación y ha incorporado nuevos tonos y efectos. Los más recientes son los metálicos. De plata para los reflejos nocturnos de la luz de la luna, de oro para describir la luz clara del sol en el follaje de los árboles, o de cobre para plasmar el brillo de la tierra al atardecer.

    A través de sus cuadros, Oscar Bento establece una comunicación con otras personas, aún sin conocerlas. Muestra su manera de ver los contrastes y de crear un equilibrio, no sólo para la plástica sino para la vida real. Su intención, según él mismo explica, es compartir sus sensaciones: "Mis amigos me animan a mantener este lenguaje y a darlo a conocer a los demás".


  • 2003 - José Marín-Medina.

    Óscar Bento (Buenos Aires, Argentina, 1950. Vive en Jávea, Alicante). No es uno entre muchos, sino que en el panorama de nuestra pintura de paisaje Óscar Bento representa una concepción particular, un lenguaje únicamente suyo, un talento aparte. Así lo declara su serie más reciente de pinturas, centradas en las tierras mesetarias y en los cielos abiertos de Castilla, suite a la que pertenece el cuadro que aquí se le ha distinguido, Tierra de amigos (2003), en el que Bento pinta, más que el paisaje, su memoria del paisaje, después de haberle añadido mucho de sí mismo. Por eso estos cuadros tienen el temperamento de su autor, su discreción, su elegancia, su amor a la soledad y al silencio. Cuadros como el que comentamos vienen a ser una especie de autorretrato, un autorretrato espiritual, con la plasmación viva de sus sensaciones y sentimientos.

    Óscar Bento, después de viajar en su juventud por distintos países americanos, en especial por México, donde se embebió en el modo de tratar el color de los maestros latinoamericanos, se trasladó a Europa en 1980 y se estableció en España, en Jávea, donde fundó el centro de arte Atelier Uno, para la promoción de artistas jóvenes y pintores de las generaciones intermedias. En su primera etapa, la anterior al año 80, practicó el arte abstracto y experimental, para centrarse luego en la figuración y, en especial, en el género del paisaje. El suyo es un paisaje de estructura sintetizada y de formas abstraídas de la realidad, un paisaje en el que lo puramente pictórico importa mucho más que la descripción de la anécdota. Se trata de una pintura de paisaje en la que los colores se orientan a acusar una luz esplendorosa, sin ensuciarla. Buscando esa luminosidad, Óscar ha probado con todos los materiales durante años, hasta encontrarla en el acrílico. Con esa vocación de transparencia, el pintor trabaja en un lenguaje figurativo de primorosa sencillez, de aparente ingenuidad llena de frescura. Sus maneras depuradas y concisas, su inspiración tranquila, llevan implícito un perfume oriental, de haikai chinesco.

    Dos son los temas de su preferencia: los mares levantinos, mediterráneos, de entre Jávea, Formentera e Ibiza, y las desnudas y templadas llanuras mesetarias de La Mancha, que el pintor tantas veces cruza en sus viajes a Madrid. Sobre el mar y sobre las altas tierras Bento impone siempre un celaje de enorme dimensión, que agranda la sensación de desnudez de estos paisajes tan bellos, tan gozosos, tan sin contornos, tan límpidos.


  • 2004 - Amalia García Rubí

    Árbol, tierra, cielo… tres elementos, tres colores base con sus gamas bellamente contrastadas, tres espacios delimitados que armonizan en nuestra retina hasta hacerse imprescindibles entre sí. El paisaje de Oscar Bento es la reiteración constante de su identidad, el ámbito inconfundible de una pintura que encuentra el sentido de lo artístico más allá de la mera novedad, en esa permanente necesidad de retornar al lugar meditado una y otra vez.

    Nos acercamos a estos cuadros recién pintados por Oscar Bento, aún fresco el acrílico, todavía candente la labor perseverante del pintor que se recrea en el procedimiento, en el oficio tradicional de la pintura. Hallamos una vez más a la encina superviviente y majestuosa habitando solitaria la inmensidad desértica de la meseta; al sembrado interminable subiendo y bajando lomas en un ritmo amable de ondulaciones acompasadas; sumergimos después nuestra mente cansada dentro de la esplendidez de estos cielos límpidos, cuya luminosidad diurna se va tornando poco a poco declive crepuscular. Cae la noche y la luz deja paso a la oscuridad transformando de nuevo el paisaje de siempre... Nada parece perturbar este momento de plenitud casi sagrada; nada rompe el ciclo interminable de la vida, todo permanece…

    Oscar Bento pinta paisaje alejándose intencionadamente del paisajismo pictórico convencional. Su discurso plástico supera la imitación o la impresión de esa realidad observada, para hablarnos de algo que tiene más que ver con el sentimiento metafísico del arte. Pintar es descubrirse a sí mismo y al mundo a través de la Naturaleza despojada, desposeída de sus rasgos típicamente naturalistas. La austeridad de medios, la belleza de ese minimalismo lingüístico, está enfocada hacia la redefinición constante del concepto de lo absoluto, es decir, de la idea y no de la descripción particularizada.

    El proceso creativo llevado a cabo por Oscar Bento implica la reducción formal del objeto a lo esencial. Existe una división clásico-geométrica de la imagen a base de planos horizontales, los cuales van organizando la superficie del cuadro en áreas cromáticas, y líneas fundamentales que a su vez definen los diversos ámbitos de la representación. Cada una de estas zonas de color, en perfecta sintonía con las demás, está trabajada cuidadosamente, mediante la superposición de capas de pigmento y suaves veladuras aplicadas hasta alcanzar la matización precisa. El resultado es una pintura de elevada calidad estética que invita a la contemplación detenida del espacio. Una obra unitaria dentro de la cual hallamos el verdadero sentido de la pintura como prolongación infinita de ese cuadro nunca del todo concluido. Pintura y paisaje se funden en estas nuevas telas de Oscar Bento, marcadas por el equilibrio, el misterio, la emoción contenida…


  • 2006 - Amalia García Rubí

    En una época en la que el término realismo ha caído en demasiados tópicos e imprecisiones desgajándose en un sinfín de distintivos la mayoría inútiles: fotorrealismo, hiperrealismo, realismo mágico, naturalismo, la buena pintura como los auténticos pintores no precisan de etiquetados porque su verdadero alcance está en aquello que hacen, en la obra de arte per sé.

    Oscar Bento, pintor sin más, reinventor de aquello con lo que se encuentra en su observar e imaginar cotidiano, se halla ahora inmerso en otros descubrimientos diferentes a lo que viene siendo su lenguaje en torno al paisaje manchego-mediterráneo, tan recurrente, tan imprescindible y bello en toda su pintura.

    Los cuadros recientes de Oscar Bento están literalmente inundados por las redondeces hiperbólicas de frutas y verduras. Vegetales tratados como iconos de artificialidad casi mediática; imágenes que antes de estimular los sentidos han sido concebidas para lanzar un mensaje, una idea, sin perder las untuosas cualidades decorativas que esconden sus formas comunes. Son frutas agigantadas hasta la comicidad, y en su agrandamiento visual, el artista crea una manera diferente a la tradicional de entender la figura, la escala, la proporción, el espacio… Detrás del arabesco colorista de estas manzanas, peras, uvas, tratadas con excelente mimo técnico en su plenitud unívoca, aparece el juego en torno al espacialismo platónico teñido de cierto humorismo. Y en ese preciosismo pictórico del círculo, Bento convierte lo real orgánico en ideal matemático, haciendo del objeto la representación simbólica de una metafísica geométrica despojada de toda gravedad que no sea la rigurosidad y dicción de la propia pintura. El orden casi planetario de los objetos altera el concepto de bodegón y sustituye la mesa, el paño, el recipiente por una superficie neutra. Una amplia extensión abstracta iluminada de tonalidad glauca (quizá reminiscencia de sus amplitudes paisajísticas) donde cada objeto (fruta, copa, botella…), a menudo desdoblado en varios elementos de parecidas características, encuentra su sitio sin necesidad de apoyos externos, gracias a esa armonía del reposo indefinido o del movimiento invisible, cósmico, tan bien plasmado en toda la obra de Oscar Bento.

    Por un momento, Bento ha dejado de mirar el horizonte que se extiende más allá de la ventana, para detenerse en algo próximo a su propio interior doméstico: la jugosidad cromática y el calado conceptual que le aportan las frutas, motivo por excelencia de esta magnífica serie que ahora expone, nuevamente, para nuestro deleite.


  • 2007 - Isabel Bilbao

    Sugerencias del lenguaje universal:

    Oscar Bento da otra vuelta de tuerca a su quehacer diario y convierte su taller en laboratorio para presentarnos, en esta ocasión, su mirada sobre la Música, inseparable compañera de viaje desde su infancia argentina y principal fondo de sus telas, tal pareciera como si esta musa le proporcionara la base que mancha de color la tela en blanco.

    La Música en su esencia, el ritmo, el canto, la intensidad variable del sonido, la cadencia, el contratiempo y la sorpresa de los cambios. Por eso escoge con sensibilidad cada pieza y la hace sonar muchas veces. Mientras, no cesa de transformar en su cabeza las ideas en imágenes, para crear.

    Ya sea inspirado en Miles Davis, Jan Garbarek, Beethoven, Piazzola, o en un violonchelo de Bach, por citar algunos ejemplos de lo que escucha a diario, Oscar ha planteado esta exposición como una serie de estudios de diferente naturaleza.

    Uno de ellos se dirige a las monocromías, haciendo del color la acústica de los espacios. El compás en el que han sido compuestas estas obras monocromas trasciende al mundo de la plástica, generando un movimiento que se define ya por la franja lineal que interrumpe apenas el color, ya por los picos de intensidad dibujados en forma geométrica.

    Otro de estos estudios alude a la oscuridad en que se disfruta de la música en los teatros y las salas de conciertos, pero también en la soledad del que cierra los ojos y la percibe íntimamente. El humo blanco de un cigarro en un local de Jazz se combina con las luces de color de los focos y el metal del trombón frente a nosotros... con el solo de un saxo o el brillo de una Big Band.

    Un tercer estudio revela formas que parecen coincidir con las gráficas en movimiento que manejan los ingenieros de sonido para la ecualización, el volumen, el desglose instrumental de una composición, etc. De hecho, en estas líneas transversales que dividen el lienzo por la mitad ha desmenuzado el sonido de la percusión, el viento, las cuerdas, un solitario bandoneón o una viola, con la intención representativa de la propia música que suena a todas horas mientras trabaja.

    Nada hay más abstracto que la Música (con la cauta excepción de alguna composición descriptiva). El reto de darle forma viene de antiguo, convertida en alegoría, musa, o diosa. La abstracción plástica también lo ha hecho. Oscar busca, como siempre, un tema que descontextualizar para representarlo según su habitual y general manera de mirar la realidad.

  • 2004 - Amalia García Rubí

    Trees earth sky....three elements, three base colours and their contrasting ranges, three distinct spaces which harmonise on our retinas, becoming essential to each other. The landscape of Oscar Bento is a constant reiteration of his being, the unmistakable scope of a painting which reveals the meaning of the artistic beyond mere novelty and the inevitable need to return to the place in question time and again.

    We approach these recently painted works of Oscar Bento, the acrylic still fresh, the evidence of the persistent labour of the artist, who rejoices in his traditional role, still "warm". We see again the Holm Oak flourishing and majestic, standing alone in the desert-like expanse of the plateau; the endless undulating fields, the pleasant rhythm of hillocks. We then immerse our tired minds in the splendour of his limpid skies, whose diurnal luminosity gradually slips away into twilight. Night falls and the light give way to darkness transforming once more the everlasting countryside. Nothing seems to perturb this almost sacred moment; nothing can break up the interminable cycle that is life...life goes on.

    Oscar paints, distancing himself intentionally from the conventional pictorial landscape. His style overcomes mere imitations or impressions of reality. He tells us something that is more to do with the metaphysical sensations of art. To paint is discovering oneself and the world, through a Nature stripped of her ordinary features. Austerity of the environs, the beauty of a minimalist language is focussed on the constant redefinition of the concept of the absolute, that is to say suggestion rather than detailed description.

    The creative process brought to fruition by Oscar Bento consists in reducing objects to bare essentials. A classical-geometric division of the scene based on horizontal planes, which develop on the canvas into areas or colour. There are fundamental lines which in turn define the diverse aspects of the representation. Each zone of colour, in perfect harmony with each other, is meticulously worked by means of layers of pigment and smooth coats applied until a precise blend is arrived at. The result is a painting of the highest aesthetic quality which demands one's attention. It is a unified work, in which one discovers the true meaning of painting as an infinite and never ending task. Paint and landscape merge in Oscar's new canvasses, distinguished for their balance, mystery and controlled emotion...

    The painter has managed to look calmly beyond the immediate boundaries of the real world, escaping from the noisy bustle of life to become part of the magic of an ideal universe. It consists of extraction of landscape re-elaborated on each canvas. Here is reality transformed into true poetry, which dies and is re-born daily, thanks to the light, sharp and crystal clear, that only Oscar Bento is capable of using to create the atmosphere of these silent, uninhabited lands.


  • 2005 - Renate Hölting

    Oscar Bento invites us for a walk around his new work. Who joins him?

    There it is the fascination, from which nobody can withdraw. Bento charms us through the pure sites of Nature represented in his paintings. Bare feet, we can feel the soft and delicate sand under our soles. The sand grains peal onto our face. Can you hear the song? Suddenly, the shell finds a shelter in our hand. Small oasis disappear under the dunes and, on exchange, life awakes in the puddles. The seawater plays with our feet. Shall we dive into the element?

    At a later hour, the sun is just about to set and piles of live coal seem to flow from land. Can the next day promise such perfection? The contradictions of life melt, and we enjoy one of the few occasions in which, as in a dream, we perceive the touch of the sand and we timidly wish that nothing change and time stops.

    We could be absorbed by only one painting, but the artist constructs every artwork as a great voltaic arch charged with peace, depth, beauty, fire, power and passion. Every concept is synonymous of his artistic essence. The abstract, seed of his creation, and his characteristic simple style, permit us to observe his paintings without necessarily looking for a figurative image, since by means of lines and plans he creates a tangible space and gives the sensation of infinite extension and the freedom to continue the stroll indefinitely. Oscar experiments, with only one colour, the mysterious nuances that complete the aesthetic. He confirms his conception of the Ideal Landscape (as did Claude Lorraine from the XVII Century), in which the space of the scenery is coincidental with the space of the light. His acrylics intensify the luminosity and multiply these nuances emerged from the sole tint of land. The contrast between the warm and cold tones and the proportions defined by perspective, suggest nearness or distance, provoking a decrease of clearness in the horizon profiles. The painter dominates the skill to produce this effect of long-distance through colours.

    Oscar Bento owns the special gift of capturing instants of magic and intense happiness by immersing in the depth of his work.


  • 2006 - Amalia García Rubí

    In an era in which the term realism has been subject to fashionable opinions and imprecise statements, fragmenting into an endless number of labels of which the majority are unhelpful: photo-realism, hyperrealism, magic realism, naturalism, the good painting, as much as authentic painters, do not need these labels because their real scope is in what they do, in the work itself.

    Oscar Bento, the painter, re-inventor of what he comes to observe and to imagine daily, is now immersed in other discoveries; different from what has been his language concerning the La Mancha-Mediterranean landscapes, so recurrent, so fundamental and beautiful in all his painting.

    Oscar Bento's recent pictures are literally flooded by the hyperbolic roundness of fruits and vegetables. Vegetables treated as icons of almost media-like artificiality; images that before stimulating the senses have been conceived to launch a message, an idea, without losing the slick decorative qualities that hide their common forms. They are fruits enlarged up to the comic sense, and in their visual enlargement, the artist creates a way, different from the traditional one, to understand the figure, the scale, the proportion, the space … Behind the colourist arabesque of these apples, pears, grapes, dealt with excellent technical caress in their univocal fullness, he plays the game around the platonic spatialism tinted with a certain humour. And in this pictorial voluptuousness of the circle, Bento turns the organic real thing into a mathematical ideal, transforming the object into a symbolic representation of geometrical metaphysics, stripped of all gravity which is not in the rigor and diction of t he proper painting. The almost planetary order of the objects alters the concept of the still-life and replaces the table, the cloth, the vase with a neutral surface. A wide, abstract extension illuminated by a glowing tonality (probably reminiscent of his wide landscapes), where every object (fruit, glass, bottle …), often unfolded in several elements of similar characteristics, finds its place without need of external supports, thanks to this harmony of the indefinite rest or of the invisible, cosmic movement, so well expressed in the whole work of Oscar Bento.

    For a moment, Bento has stopped looking at the horizon that extends beyond the window to focus on something closer to his own domestic interior: the chromatic juiciness and the conceptual content that the fruits mean to him, motifs which are, par excellence, the main reason for this magnificent series that is now exhibited, again, for our delight.


  • 2007 - Isabel Bilbao

    Oscar Bento gives another turn of the screw to his daily task, and on this occasion he transforms his studio into a laboratory, to present to us his perspective on Music, inseparable companion from his Argentine childhood and the main background to his canvases. It is as if this muse provides him with the base colour that initially stains the white surface.

    Music in its essence: the rhythm, the chant, the variable intensity of the sound, the cadence, and the surprise of the changes. For that reason he chooses each piece with great sensitivity and he listens to every one of them many times. Meanwhile, he is continuously transforming the ideas into images; he creates.

    Either inspired by Miles Davis, Jan Garbarek, Beethoven, Piazzola, or by Bach's cello, to mention some examples of what he daily listens to whilst working in his studio, Oscar has nurtured this exhibition like a series of studies of different natures.

    One of them addresses the monochromes, creating the acoustics of the spaces out of the colour. The compass in which these monochrome works have been composed goes beyond the plastic world, generating a movement that is defined either by the linear strip that subtly (scarcely) interrupts colour, or by the geometrical tips of intensity drawn on the painting.

    Another of these studies alludes to the darkness in which the music is enjoyed in the theatre as well as in the concert hall, but also makes reference to the solitude of those who close their eyes and perceive the music intimately. The white smoke of a cigarette in the Jazz club is combined with the coloured lights of the scene, the metal of trumpet, the solo of a saxophone, the gleam of a Big Band...

    A third study reveals forms that seem to agree with the graphs in movement that the engineers handle for sound equalization: the volume, the instrumental quartering of a composition, etc. In fact, in these transverse lines that divide the linen by half he has crumbled the sound of the percussion, the wind, the chords, a solitary bandoneon (of the tango) or a viola, with the intention of representing his own music, which he is hearing all the time, whilst painting.

    Nothing appears to be more abstract than Music (with the cautious exception of some descriptive composition). The challenge to give form to it comes from long ago, through allegory, muse, or goddess. The plastic abstraction has also done this. As he always does, Oscar looks for a subject to decontextualize, in order to represent it according to his habitual and general way of observing reality.

  • 2007 - Renate Hölting

    Gedankewanderung:

    Wer geht mit? Oscar Bento lädt zu seinen neuen Bildern ein.

    Da ist sie, die Faszination, der sich keiner entziehen kann. Verzaubert Oscar Bento uns doch mit seinen Arbeiten an Orte unberührter Natur. Wir entledigen uns der Schuhe und fühlen schmeichelnd den warmen Sand unter den Sohlen. Körnchen prickeln auf den Wangen. Singt der Sand? Kleine Dünenoasen sind halb verschüttet, dafür erwacht in einer Senke neues Leben. Das Wasser des Meeres greift spielerisch die Zehen an. Baden?

    Im Weitergehen ist die Sonne fast untergegangen und die Erde sieht aus wie ein einziges Stückchen Glut. Verspricht der nahende Tag Vollkommenheit? Die Widersprüche des Lebens scheinen sich zu verlieren. Selten die Gelegenheit, träumend den Sand zu fühlen und eher schüchtern den Wunsch zu spüren, es möge immer so bleiben.

    Wir können versunken sein in das einzelne Bild, aber der Künstler baut sein Werk als einen einzigen grossen Spannungsbogen auf aus Ruhe, Tiefe, Schönheit, Feuer, Kraft und Leidenschaft. Das sind die Synonyme seiner Kunst. Die abstrakte, einfühlsame Gestaltungsweise mit der typisierenden Vereinfachung lässt da Verweilen im Bild zu, ohne die Aufforderung, Figürliches zu suchen. Der Linien- und Flächenstil ist raumgreifend und gibt den Bildern die Weite mit der Freiheit, die Wanderung ewig fortzusetzen. Er experimentiert mit nur einer Farbe, die geheimnisvoll in Nuancen das ästhetische Werk vollendet. Damit betont er seine Auffassung von der „Ideallandschaft“ (Claude LORRAIN, 17. Jahrhundert), der Landschaftsraum als Raum des Lichtes. Seine Arbeiten in Acryl steigern Leuchtkraft und Vervielfachung der Farbtöne, ausgehend von einzig der Erdfarbe. Durch den Warm-Kalt-Kontrast, die perspektivisch festgelegten Grössenverhältnisse und der mit zunehmender Entfernung geminderten Schärfe der Konturen werden räumliche Nähe und Ferne suggeriert. Die Technik der farblichen Tiefenwirkung beherrscht der Künstler meisterlich.

    Oscar Bento kann mit grosser Hingabe die Augenblicke der Verzauberung eines tief empfundenen Glückes bei der Versenkung in seine Werke ausdrücken.